sábado, 22 de mayo de 2010

PRENSA. LITERATURA. Sobre Carmen Laforet

Carmen Laforet

En "El País", la siguiente Carta al director:

Carmen Laforet


MARTA CEREZALES LAFORET - Santander, Cantabria - 22/05/2010

En el artículo titulado Todo sobre la chica de 'Nada', publicado en EL PAÍS el sábado 15 de mayo, haciéndose eco de una biografía recientemente publicada, se afirma que Ramón J. Sender fue el único intelectual que respetó a Carmen Laforet. Invito a los lectores que estén interesados, a que visiten la página web carmenlaforet.com, en la que podrán encontrar algunas de las opiniones que sobre la escritora expresaron los intelectuales, tanto en la época en que se publicó Nada como en la actualidad.
En relación con la biografía de Carmen Laforet recomiendo, entre otros, el libro Carmen Laforet de Teresa Rosenvinge y Benjamín Prado publicado en la colección 'Vidas Literarias', dirigida por Nuria Amat, Ediciones Omega (Barcelona, 2004); o el libro Música blanca, escrito por Cristina Cerezales Laforet, Ediciones Destino (Barcelona, 2009).

En esa página (con la que podemos enlazar) aparece, entre otros, la siguiente carta de Juan Ramón Jiménez a Carmen Laforet:

Carta de Juan Ramón Jiménez:
A CARMEN LAFORETMadrid.


Querida Carmen Laforet:
Acabo de leer Nada, este primer libro suyo, que me llegó, en segunda edición, de Madrid. Le escribo, interrumpiendo su lectura, por su… no, para decirle que le agradezco la belleza tan humana de su libro, belleza de su sentimiento en su libro; mucha parte, sin duda, un libro de uno mismo y más de lo que suele creerse, sobre todo un libro como el de usted, que se le ve nutrirse, hoja tras hoja, de la sustancia propia de la escritora.
En los periódicos que me mandan de España, vengo leyendo, hace un año, críticas sobre su novela. Y aunque en algunos casos ha sido usted comprendida y generosamente alabada, me apena la ceguera de los que tratan su libro “literariamente” sólo, o sólo “curiosamente”. Dos puntos de vista malsanos.
El primer libro de una muchacha o muchacho, y en particular el suyo, no puede ni debe tratarse así. Está hecho, es claro, de pedazos entrañables, como todo lo que hace la juventud, y con tanta jenerosidad de ofrecimiento público, que me parece casi criminal poner en ello manos frías, manos muertas. En los libros juveniles hay siempre algo relijioso, esa fresca espontaneidad de un noviciado libre, y en su caso, de una novicia de la novela, hecho sumamente grave. Y si en su escritura hay “defectos gramaticales”, nunca mayores que los permanentes del vascoespañol de Pío Baroja o el cataloespañol de Eugenio d´Ors, ¿qué importa eso en usted? Es como si le señaláramos a un arbusto de buena pinta una ramilla torcida o a un buen pelo un pelillo rebelde. Yo siempre he sido un gozador del defecto, un ojo distinto, un hombre lunanco, un lunar… ¡Bendito el llamado defecto, que no lo es, y que nos salva de la odiosa perfección! En su libro me gustan los defectos. Yo he preferido siempre, sigo con lo de antes, la escritura de Pío Baroja y d´Ors a la que usaban Juan Maragall o Rosalía de Castro, tan grande uno y tan delicada otra en su catalán o su gallego, cuando escribían en “castellano”, suponiendo que dicho “castellano” fuera de ellos o de ellos solos. Y he pensado muchas veces que me gustaría que toda mi obra fuese como un defecto de un andaluz. ¡Qué horror esos muchachos que empiezan a escribir “correctos”! ¡Magnífico Unamuno aquel de los comienzos, el de “La Saeta” y otros periodiquillos por el estilo, donde él, hermoseándolos no se desdeñaba escribir! Porque ¡Dios del verbo, del sustantivo y del adjetivo, ¿cómo escribirán Pérez de Ayala y Jorge Guillén cuando tengan (y que ese Dios se los dé) 80 años!
Le quiero señalar, entre lo que considero más completo de su Nada, el extraordinario capítulo 4, con su diálogo tan natural y tan revelador, entre la Abuela y Gloria; el 15, que es un cuento absoluto, como lo son también otros. A mí me parece que su libro no es una novela en el sentido más usual de la palabra, digo por la anécdota, ni en ese otro más particular de la novela estética, sino una serie de cuentos tan hermosos alguno de ellos como los de Gorki, Eça de Queiróz, Unamuno o Hemingway; y creo tanto eso, que para mí “Nada” tropieza en el capítulo 19, es decir cuando se declara una trama novelesca seguida. Yo no he leído todo ese capítulo, me repugnaba; y tardé después algún tiempo en terminar lo que quedaba del libro, porque aquel capítulo me hacía el efecto de un nudo como el de un cólico miserere, que pudo quitarle la vida al resto. Porque usted es una novelista de novela sin asunto, como se es poeta de poema sin asunto. Y en esto está lo más difícil de la escritura novelesca o poemática.
Necesito volver a lo del estilo. ¿Qué es un estilo cuidado? ¿En qué consiste ese cuidado? Los estilos que se han venido usando en gran parte de la novela española contemporánea no responden a estas preguntas. ¡Qué estilos! El de Pedro Antonio de Alarcón, morroñoso, sin gracia, como una sucia jitana desgarbada y que se ha supuesto natural y vivo; el de Juan Valera, vacío y peante a un tiempo, como un mal vaciado en escayola de un mármol bello; el de Ramón Pérez de Ayala. un Juan Valera elevado al cubo, cartón-piedra con pretensiones de granito; el de Benjamín Jarnés, a quien yo alarmé en 1934, y que, de mal en peor, de moda ya por el año 36, llegó a su elixir “vomitivo ideal”, que es el champagne un poco picado de Jean Giraudoux lo que la sidra achampañada al champagne fresco. Los estilos que se salvan en este período y nos enseñan lo que puede enseñar un estilo, creo yo que son los de los novelistas del 98, que no solamente acertaron en su juventud sino que mejoraron con el tiempo. Azorín, por ejemplo, escribe más bien cada vez, y en los libros últimos de Pío Baroja hay pájinas magníficas, como la de su esplicación del clasicismo y el romanticismo en “El escritor según él y según los críticos”. Miguel de Unamuno murió escribiendo en plena hermosura. Los estilos de Valle-Inclán y, un poco más tarde, de Gabriel Miró, son estilos recargados que quieren ser pomos de lengua (pero ése es otro asunto que habría que tratar despacio) y son buenos y bellos porque consiguen su propósito estético de síntesis idiomáticas. Y Ramón Gómez de la Serna, de la jeneración siguiente a Miró, sigue siendo tan profundamente natural y verde como una higuera monstruosa. De los más jóvenes novelistas españoles que viven en España y que se citan tanto, ninguno ha publicado novelas dignas de hablar de ellas, que yo sepa.
Siempre me ha obsesionado el asunto del estilo. Ahora yo, que estoy repasando toda mi obra escrita para una edición definitiva (y no mirarla más), me deleito en quitar todas las palabras menos naturales, “estío” por verano; “cual” por como; “gualdo” por amarillo; “mas”, por pero; “albo” por blanco; “estramuros”, por trasmuros; “calosfrío”, por escalofrío, etc.
Gracias a mi destino, “empero”, no le he usado nunca. Y he vuelto a poner repeticiones que eran necesarias donde las había quitado. Yo creo que el estilo se hace con la espresión, hablando; escribiendo, con los puntos y las comas. Con puntos y comas se adornan todos los estilos. Por eso gente del pueblo que no sabe escribir según ella cree, ha puesto a veces todos los puntos y las comas al final de una carta, para que el lector los coloque donde los necesite. Y por eso ilustres filólogos que yo conozco dejan la puntuación al cuidado de un exijente corrector de pruebas.
Esta carta se me ha hecho muy larga. Se me olvidaba decirle que Nada lo hemos leído mi mujer y yo juntos. Muchas veces leemos juntos cuando el libro es novela o teatro. La poesía o el ensayo requieren para mí lectura individual y ojos. A mí se me pegan tanto los ojos a cualquier libro, que a veces tardo meses en leer veinte pájinas. Esta lentitud atenta mía ha llegado a ser una enfermedad. Cuando leo con otra persona, releo luego con los ojos lo que recuerdo más con el oído, y este modo de leer tiene para mí la ventaja a veces de comprobar sólo lo mejor.
Vamos a ver si podemos interesar a algún editor norteamericano en su libro y que sea traducido y publicado aquí. Para eso necesito dos o tres ejemplares de “Nada”.
Me parece que gustaría de veras, porque "Nada", como todo lo auténtico, es de aquí también, y de hoy, y será de mañana.

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